Un Real Madrid sin ideas derrota al Levante ante un Bernabéu que no olvida.

Mbappé, Arda y Asencio en la celebración del segundo gol.
Hoy el Bernabéu no rugía, el Bernabéu murmuraba. Y cuando murmuraba, silbaba. El frío de Madrid se había colado en la casa blanca. Había tensión, un ambiente difícil. Álvaro Arbeloa se estrenaba como entrenador en Liga y desde mucho antes del pitido inicial, el estadio ya tenía veredicto antes de empezar el encuentro, no contra el rival, sino contra sus propias dudas. La derrota ante el Albacete aún dolía, fresca, incómoda, imposible de esconder bajo la alfombra de la historia. La noche en el Carlos Belmonte había roto algo, y el partido contra el Levante no era una celebración, era un juicio.
El conjunto blanco empezó a rodar la pelota bajo una lluvia de silbidos intermitentes, como un recordatorio constante de que la paciencia se había agotado. Cada pase atrás, cada jugada sin profundidad, incluso el más mínimo fallo, era castigada por la grada. El equipo tenía la posesión del balón, sí, pero dominaba sin alegría, con miedo a equivocarse y muy inseguros. El Levante, mientras tanto, defendía en silencio, protegido por el nerviosismo blanco y por un estadio que parecía jugar en contra de los suyos.
El primer tiempo se consumió lento, cerrado y pesado. No había duda de que el balón era del Madrid, pero el alma del partido no. El equipo no tenía chispa. Vinícius encaraba y escuchaba pitos; los centrocampistas tocaban y tocaban sin encontrar salida y el reloj avanzaba como una amenaza y un ultimátum. Nadie olvidaba el Albacete. Cada minuto sin gol era una escena repetida de aquella derrota inesperada.
Tras el descanso, el ambiente no mejoró. Los silbidos volvieron en cuanto salió el equipo al campo, como si bajaran del túnel junto a los jugadores. Pero entonces, en una acción en solitario, Mbappé atacó el espacio con rabia, fue derribado y el árbitro señaló penalti. Por primera vez en la tarde, el estadio se quedó en silencio. Un silencio denso, absoluto, ni una mosca se oyó entre los 81.000 espectadores.
Mbappé no dudó, solo había una opción. Gol. No hubo euforia desatada, solo alivio. Un suspiro colectivo. El 1-0 no borraba nada, pero al menos cerraba una herida momentánea. Durante varios segundos al estadio se le escapó una mínima sonrisa.
El segundo llegó poco después, en un córner. Asencio se hizo grande y saltó más alto que nadie. Cabeceó con fuerza y el balón besó la portería. Esta vez sí hubo aplausos, aunque tímidos, medidos, como si la grada no quisiera entregarse del todo. El 2-0 tranquilizó el partido, pero no el ambiente.
El Levante siguió compitiendo con dignidad, mientras el Madrid disponía de la ventaja sin brillo, consciente de que no era noche para sutilezas. Cada error seguía teniendo respuesta desde la grada; cada pérdida generaba inquietud en la grada. El equipo jugaba con el marcador a favor, pero con el pasado muy presente. La afición estaba siendo muy exigente.
Y llegó el pitido final y el Bernabéu se levantó. Victoria en el marcador y muchas dudas en el aire. El Real Madrid había ganado, pero no había conquistado a su gente. Su juego sigue sin convencer y el Albacete aun resuena en cada cabeza madridista. Los silbidos habían dejado claro que el crédito es corto y la exigencia, eterna. Una victoria necesaria, de esas que no enamoran, pero sostienen a todos los madridistas.
Fue una tarde de conseguir el objetivo, los tres puntos, pero aún siguen las dudas. El Real Madrid ganó, respiró y ahora tiene que seguir. Aún quedan muchos capítulos de la temporada por escribir.